Hace diez años a mi padre se le diagnosticó cáncer a la próstata y desde un inicio se mantuvo firme en la convicción de atenderse exclusivamente en el sistema público de salud, y anteponer su calidad de vida antes que su prolongación asistida o invasiva como lo es un tratamiento de quimioterapia, sumado a que toda su vida ha convivido con la depresión “endógena”, como se le acostumbraba a llamar antes.

Ocho años después, con controles e intervenciones médicas solo en el ámbito urológico y no oncológico, pero con evidentes molestias y dolores musculares o indescriptibles según sus palabras, fue derivado a la unidad oncológica y por tanto ser tratado en cuanto tal, luego de la persistencia y habilidad de mi madre para desenvolverse en la burocracia sanitaria.

De este modo, en septiembre del año 2019, un poco antes de la revuelta social, se logró el objetivo, y claro, existía metástasis ósea y nada que hacer más que cuidados paliativos del dolor. Por fin iba a ser atendido más digna e integralmente, pero llegó la pandemia del COVID-19, lo que en la práctica se tradujo en que un extraño domingo 27 de octubre del año 2019 le realizaron un escáner en el hospital -cuando íbamos regreso a casa fuimos testigos de una ciudad sitiada y de un puñado de “voluntarios” que limpiaban, mirando a las cámaras, los monumentos en el entorno de la Plaza Dignidad-, fue la última vez que recibió atención médica directa, ya que, luego con la pandemia, esa modalidad fue suspendida.

Mi padre muere en junio de 2020, en su hogar, de la mano de quienes pudimos estar, un día en que en Santiago llovió a la antigua.

Hace 32 años, de un día para otro, a mi madre le diagnosticaron polireumastimo, probó con todo, desde aguas termales muy arriba en el Cajón del Maipo, hasta inyecciones en base de oro, de alto precio, por lo que siempre risueña comentaba que su trasero costaba oro. Al igual que mi padre, toda su atención médica por esta dolencia, así como otras relacionadas a su ciclo vital, fueron atendidas en la red de salud pública.

Su hospital de referencia lo conocía, creo que mejor que muchos de su personal, no había rincón de este que no supiera, era “clienta” frecuente, por ella, por mi padre y por “todos sus compañeros”. También, de un día para otro, en abril de 2020, llegamos con ella a la urgencia de un hospital clínico universitario, cual sorpresa fue que ingresó con ley de urgencia, es decir, en riesgo vital por un linfoma muy agresivo. Luego de estabilizarse, con mucha dificultad por el contexto de crisis sanitaria, pudo ser trasladada a su querido hospital público.

En su caso, todas las atenciones médicas recibidas fueron en este marco, por razones medianamente claras se desatendieron las otras dolencias, entre otras una incipiente falla cardiaca que no hubo tiempo de seguir pesquisando. Como familiares experimentamos la sensación de urgencia de los servicios de salud por liberar camas para recibir pacientes con COVID-19.

Mi madre murió en agosto de 2020, llegando a su última urgencia con menos de 24 horas de diferencia de su última alta médica, tras casi un mes de hospitalización. Al contrario de mi padre, ella murió sin la mano de la familia, sino que sola en la unidad de cuidados intensivos.

El interés y conocimientos que fue adquiriendo en la cuestión médica, se tradujo en que desde hace años había firmado un consentimiento para donar su cuerpo a la ciencia, por esto hoy habita en la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, muy cerca de nuestro hogar, para aportar a la investigación científica.

Con todo esto a cuesta, cómo no preguntarse si mis padres hubieran vivido un tiempo más si hubieran seguido recibiendo sus respectivos controles y atenciones médicas, ¿de qué forma la pandemia y la gestión de esta tuvo un impacto en la atención de salud que recibieron? ¿son las personas mayores las más afectadas?, ¿acaso no era la dignidad de esta misma población la que se puso al centro de las exigencias de la movilización social?, ¿llama nuestra atención las y los muchos abuelos cercanos que han muerto en este último tiempo y no por COVID-19?, ¿se ha dimensionado el impacto de la salud de la población por el rezago de las atenciones y controles médicos?

Con estas inquietudes y preguntas dando vueltas busqué información estadística sobre las muertes por causas distintas a la pandemia en el último tiempo en Chile. No es una tarea fácil para quienes no estamos en el área de la salud, tampoco es llegar y encontrar un pantallazo con información procesada.

Resultó ser muy sorprendente e inquietante hallar en el informe del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, información de defunciones en el periodo 2016-2021, donde las principales causas de muerte por otras enfermedades no COVID han disminuido sostenida y drásticamente, por ejemplo, una de las enfermedades frecuentes en las personas mayores es la Diabetes Mellitus, y mientras el 2016 fue la causa de muerte para 4.829 personas, el año 2020 fallecieron 3.291, disminuyendo en un 31,8% las defunciones por esta causa, llegando a 1.649 defunciones a junio de 2021.

En el caso del VIH-Sida, en el año 2016 fallecieron 565 personas, el año 2020 murieron 373 personas, disminuyendo en un 33,9% las muertes por esta causa, llegando a 105 defunciones a junio de 2021. Hasta las muertes por suicidio han descendido en un 65% a junio de 2021 respecto al año 2016.

Quedan las interrogantes ¿cómo se ha logrado disminuir las muertes por otras enfermedades no COVID?, ¿con atención y controles médicos permanentes en domicilio?, ¿la baja en las cifras es por la pandemia?, ¿son confiables estas estadísticas?


REFERENCIAS: